OPINION

EDITORIAL


EL POSTCONFLICTO Y LOS MALOS HÁBITOS

El país está a la expectativa de la conclusión de un proceso de paz, del cual se espera poder acabar definitivamente con el conflicto que lleva más de cincuenta años azotándolo. Esto conlleva a grandes cambios, no solo de forma, sino también de fondo, en toda la configuración del país. Los colombianos deben empezar a prepararse esta vez para la paz.
Los esfuerzos no deben detenerse, es ahora cuando los dirigentes y el pueblo en general deben luchar más intensamente por garantizar la consolidación de los acuerdos firmados en La Habana, Cuba el mes pasado. En este orden de ideas, es menester del gobierno crear políticas de inclusión social y de reeducación, tanto a los nuevos reinsertados como a la población civil. Como dijo Édgar Cataño, representante de ONU Hábitat, la paz se alcanza creando una sociedad “mas incluyente, equitativa, cohesionada y segura”.
Claramente las políticas deberán readaptarse a esta nueva sociedad. Es satisfactorio ver como las alcaldías de Valledupar, Manizales, Montería, Santa Marta, Quibdó, entre otras, dejan entrever desde ya los efectos positivos de esta tan anunciada paz, realizando campañas políticas dirigidas a mejorar la calidad de vida de los ciudadanos, enfocándose en temas como salud, educación, servicios, etc., replanteando el manejo de los recursos, que antes eran destinados en gran medida a combatir la inseguridad y violencia de estas ciudades. Propuestas como estas son las que permitirían en un futuro disminuir la brecha de inequidad y pobreza a lo largo de todo el territorio colombiano, el cual se encuentra muy arriba en el escalafón mundial.
Cincuenta años de conflicto, inequidad, prejuicios, e incluso de gran parte de la corrupción podrán ponerse en el espejo retrovisor del país, para dar paso a una nueva nación.
EDITORIAL


COLOMBIA VUELVE A LA FIESTA

Empiezan las eliminatorias para el mundial de Rusia 2018 y la selección colombiana entró pisando fuerte en su primer encuentro contra la selección peruana.
Tras el desempeño demostrado durante el pasado mundial de Brasil 2014, la selección colombiana le ha brindado al país nuevas esperanzas de destacarse en este campeonato. No hay que olvidar que luego del mundial pasado, varias figuras de nuestra selección pasaron a ser el blanco de grandes equipos de futbol reconocidos a nivel mundial.
La fiesta del futbol no se limita exclusivamente al deporte colombiano, actualmente ha logrado influir en todas las esferas sociales. No hace falta recordar como la selección colombiana se convirtió en un analgésico para el país, permitiéndole a cada colombiano olvidar por un momento las crisis sociales que el país atravesaba en esos momentos. Ya antes se ha dicho que el futbol es uno de los tantos opios del pueblo, y no está mal que sea de esta manera. Las personas necesitamos fiestas de este tipo para liberar las tensiones y mantenernos cuerdos en medio de tantos problemas.
EDITORIAL



LA CULPA ES DE LA IGLESIA

Confianza, es lo que debe inspirar un párroco, fe, esperanza, pero todo lo contrario es lo que inspira Luis Enrique Duque, quien está sentenciado a 18 años de cárcel por, “aprovechase su actividad pastoral y sacerdotal, del respeto a la fe que profesan los fieles, de la credibilidad que ostentaba ante la sociedad, y de la inmadurez psicológica de los menores, los sometió y accedió carnalmente en las instalaciones de la misma parroquia” como expresó la Corte Suprema de Justicia. Ésta pregunta abre el debate de sobre quien recae la responsabilidad de estos casos.
La iglesia, como toda una institución tiene el derecho, la obligación y la responsabilidad de escoger  a las personas aptas para representarlos ante la comunidad. No hay que ver más allá de la misma iglesia. Vale la pena hacerse la pregunta, ¿Cuáles son esos estándares de calidad que está manejando la iglesia católica para designar a sus representantes? Está claro que esa investidura que poseen los clérigos es un arma de doble filo, aun más si no se le entrega a las personas idóneas para asumir esa responsabilidad. Ahora, ya se vuelve un completo descaro que un clérigo afirme que los culpables de la pederastia sean los mismos niños que buscan refugio en la fe y en los sacerdotes. Mas que aberrante es un absurdo pensar que los niños quieren ser violados, y peor aun que toman acciones para que esto se dé.
Lo cierto tras todo este alboroto es que, como decía uno de los niños abusados por Duque, “lo que pasó pasó” y el daño está hecho. La inocencia y tranquilidad de esos niños ya está perdida.
Lo más preocupante es que estos casos siguen pasando alrededor de todo el mundo. A estas alturas es difícil confiar en la institución de la iglesia católica.
Ivonne Rosenstiehl L.



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